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Eduardo Engel
Publicada el: 26/05/2008
La Tercera, domingo 25 de mayo de 2008
Todo comenzó cuando mi amigo tecnologizado llegó a visitarnos el fin de semana pasado con su esposa. No se separó ni un minuto de su Iphone, el auto en que llegaron tenía un GPS última generación al que solo le faltaba adivinar la dirección donde uno quería ir, y no paró de hablar de Facebook, todo esto con un entusiasmo que contagiaría hasta al más indiferente en materia tecnológica. Yo, en cambio, ni mencioné que mi mayor logro electrónico del último año fue pasar toda mi música a mi Ipod y mi esposa me echó al agua cuando reveló que el Iphone que me regaló para el cumpleaños seguía intacto esperando que me tomara el tiempo para aprender a usarlo.
Ante tanta ansiedad fruto de mi retraso tecnológico decidí aprovechar la visita para ponerme al día, aunque fuera en un tema. Y le pedí a mi amigo que me enseñara a usar Facebook, la red social a la cual se accede en la página web del mismo nombre. Inscribirme tomó un minuto, ahora debía formar mi red de amigos. Por suerte antes de llegar mi amigo y su esposa me habían enviado nombres de amigos comunes inscritos en Facebook para que los invitara a mi red. La relación de amistad en Facebook tiene que ser consensuada, uno invita y la persona invitada tiene que aceptar para que uno se integre a la red del otro. Ser parte de la red de alguien da acceso a sus amigos y la posibilidad de invitar a aquellos que uno desee integrar a la red de uno. Lo cual me ha mantenido bastante ocupado desde el domingo, viendo a quién conozco y quisiera tener de amigo entre los amigos del número creciente de integrantes de mi red.
El primer amigo que aceptó mi invitación me alertó sobre los riegos de Facebook con un mensaje que decía: “Mi ingreso a Facebook ha sido controvertido en la casa y la oficina. Mi hija menor no me aceptó ser amigo durante meses y en la oficina me dijeron que Facebook era para jóvenes. Ojalá tengas más suerte.” Pude confirmar que Facebook es para jóvenes por la reacción que tuve de algunos alumnos cuando los invité a mi red: “Qué sorpresa, muy up to date”, comentó uno de ellos, “primer profe online, todo un pionero”, opinó otro.
Facebook fue creado por Mark Zuckerberg cuando cursaba su segundo año del pregrado en Harvard, en febrero de 2004. Inicialmente solo podían inscribirse los alumnos de Harvard, en menos de un mes se suscribió más de la mitad. Luego se extendió a otras universidades, después los colegios, y algunas empresas, hasta que en septiembre de 2006 se abrió para cualquier persona mayor de 13 años. Más de 70 millones de personas visitaron la página web de Facebook durante abril de este año.
Esto de buscar a mis amigos entre los amigos de mis amigos me recuerda la obra de teatro “Seis grados de separación”, estrenada en 1990. Si estamos a un paso de quienes conocemos, a dos pasos de alguien que conoce a alguien que conocemos, y así sucesivamente, una conjetura de larga data dice que todos estamos separados, a lo más, por seis pasos, por seis grados de separación.
Las implicancias filosóficas son ilustradas por un personaje en la obra cuando dice: “En alguna parte leí que todos en este planeta estamos separados por sólo seis personas. Seis grados de separación entre nosotros y cada persona en el planeta. El Presidente de los Estados Unidos, un gondolero en Venecia, no importa quién sea. Encuentro que A) es extremadamente reconfortante que estemos tan cerca, B) es como la tortura china de la gota que cae y cae que estemos tan cerca, porque tienes que encontrar las seis personas adecuadas para hacer la conexión correcta”.
¿Para qué sirve Facebook? “La única manera de entender este fenómeno es metiéndose”, me escribió un miembro de mi red de amigos el lunes. “Las posibilidades son increíbles”, respondió otro sin entregar mayores detalles. Facebook sirve para mantener contacto con amigos y amigas. Cada vez que uno se conecta tiene la opción de responder la pregunta “¿que estás haciendo en este instante?”. Las repuestas de todos los miembros de mi red están visibles apenas me conecto. En este momento uno está con el dedo en la boca, otra se va a ver a los niños y de allí al happy tour, una tercera jardineando y un cuarto mirando llover. A veces esta información puede ser útil y difícil de obtener de otra forma, por ejemplo, cuando alguien anuncia que está de paso en Londres o Barcelona y resulta que uno también anda por esos lados. Todavía no he vencido el pudor para informarle a mi red de amigos qué estoy haciendo. Tal vez debute anunciando que llegué a Túnez, cuando viaje allá en junio, o tal vez lo haga ahora, respondiendo que estoy redactando una columna sobre Facebook.
Volviendo a los seis grados de separación, me acabo de enterar que existe una aplicación basada en Facebook que permite determinar los grados de separación entre dos personas. Pertenecen a ella casi cinco millones de personas y el grado de separación promedio entre todos es levemente inferior a seis. Me gustaría saber si existen “personas puente”, que conectan universos distintos y reducen los grados de separación en este mundo. Sería bueno que en Chile hubiera más personas puente. Estar conectados a través de ellas asegura una conexión correcta.
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