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Jorge Marshall
Publicada el: 28/12/2010
El Mercurio, martes 28 de diciembre de 2010.
En el largo plazo los activos que permiten lograr un crecimiento sostenido y la capacidad de dialogar y actuar en forma conjunta van de la mano.
Dos hitos significativos del 2010 son el desenlace de la crisis financiera internacional y la alternancia política. Ambos nos dejan mensajes para nuestra mirada de futuro. El primero reafirma el cambio en la economía mundial, con un ascenso en el peso de los países emergentes, lo que por el momento está beneficiando la actividad interna. El segundo reitera el anhelo de los chilenos de modernizar el funcionamiento de la sociedad -ahora con Sebastián Piñera- pero sin encontrar una sintonía con los grupos dirigentes. Ambos hechos generan considerable incertidumbre sobre el escenario económico y político, pero también ofrecen oportunidades para consolidar el avance hacia el desarrollo.
El dinamismo de los países emergentes sigue su marcha. El crecimiento anual del mundo en desarrollo entre 1980 y 2000 fue sólo de 0,7% mayor que el de los países avanzados. En cambio en la última década esta brecha alcanzó, en promedio, a 4,6% y las perspectivas indican que esta diferencia se mantendrá durante varios años más.
Las consecuencias de este fenómeno son difíciles de dimensionar. En el corto plazo se benefician los países que, como Chile, exportan productos básicos y tienen mayores vínculos con las regiones dinámicas. La actual trayectoria de la actividad, que es reflejo de este nuevo entorno, se podría mantener por varios años, pero también hará evidente el lado débil de nuestro desarrollo, como la calidad de la educación, la baja innovación, la modernización del Estado, el mercado de trabajo y la limitación energética. El debate actual sobre el tipo de cambio es sólo la punta de un enorme iceberg que debajo de la superficie oculta los fundamentos de la productividad.
En este contexto cabe plantear una reflexión serena sobre el rol que queremos jugar en la nueva economía mundial y las acciones para lograrlo. Esto requiere de un análisis que no estamos haciendo y, más aún, de invertir en los activos que permiten la colaboración y la confianza entre los diversos actores. Los países que dejan de pensar en el mediano plazo, como un ejercicio que orienta las decisiones descentralizadas y que permite abordar los temas de fondo, tropiezan más frecuentemente en el camino del progreso.
El segundo mensaje del 2010 nace del cambio político, que en gran parte refleja la aspiración de la sociedad chilena de renovar el rostro del país, más que de cambiar el rumbo en que nos encontramos. Es el mismo fenómeno que hace unos años encumbró a Michelle Bachelet, que luego castigó los estilos de la Concertación y que en la última campaña se ilusionó con la promesa de una nueva forma de gobernar de Piñera, provocando una sana alternancia en el gobierno. Sin embargo, la clase política viene haciendo una lectura equivocada de estos cambios: cada uno cree que son el producto de la “superioridad” de sus ideas, por lo que se sienten inclinados a imponérselas al resto.
Esta actitud se ha acentuado en el actual Gobierno, que es el que tiene la responsabilidad y el poder para conducir al país. La unidad cívica que habíamos construido es un activo que se desvaloriza en este ambiente, porque se ha vuelto a buscar la hegemonía de las ideas propias antes del diálogo. Por esta razón el entorno político está estancado y se tiende a polarizar, aún cuando estamos lejos de las próximas elecciones, lo cual lleva a un avance más lento en los desafíos de fondo.
En el largo plazo los activos que permiten lograr un crecimiento sostenido y la capacidad de dialogar y actuar en forma conjunta van de la mano. Es hora de revisar las lecciones de Jim Collins sobre los factores que abrieron el camino a la excelencia en las grandes empresas, donde se encuentra que los atributos superiores del liderazgo son una combinación entre fuerza de voluntad y una alta dosis de humildad.
Al terminar el 2010 la pregunta relevante es cómo logramos hacer un país mejor. Los que crean que ya encontraron la receta están equivocados. El desafío es avanzar en las reformas de fondo que nos llevan al desarrollo, para lo cual debemos partir por fortalecer la capacidad de trabajar en conjunto en escenarios de alta incertidumbre.
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